Finalizada la campaña del verano de 1942, el Áfrika Korps y sus aliados italianos habían conseguido conquistar la importante ciudad de Tobruk y logrado expulsar a las fuerzas del Imperio inglés de territorio libio. El Canal de Suez era el próximo objetivo marcado en su hoja de ruta. En este momento, Rommel detuvo la ofensiva y comenzó a reorganizar sus fuerzas. El asalto a El Alamein tendría que esperar.

Para E. Rommel, la detención de la ofensiva, lejos de ser deseada y planificada, obedeció a la necesidad de obtener los aprovisionamientos necesarios para continuar el asalto definitivo. El Mariscal de Campo también esgrime como argumento, la pérdida de poder combativo de las unidades italianas. En este sentido, hace referencia al sistema militar italiano y al mal adiestramiento de los soldados italianos. Otra de las causas indicadas es la mala calidad del armamento y la no previsión para tener cubierta necesidades básicas como la alimentación. Que mejor que las propias palabras del Mariscal Erwin Rommel para conocer mejor la realidad:

“Luego se derrumbó el poder combativo de muchas unidades italianas. Un deber de camaradería me impulsa a declarar que las derrotas de nuestros aliados en el frente del El Alamein no se debieron exclusivamente a las tropas. El italiano fue voluntarioso, abnegado y buen camarada, y considerando las condiciones en que luchaba se portó mejor de lo que cabía esperar. Las unidades italianas, en especial las formaciones motorizadas, sobrepasaron en aquella corta época lo logrado por su Ejército entero en cien años. Muchos jefes y oficiales se ganaron nuestra admiración, como hombres y como soldados.

La derrota italiana tenía su origen en el sistema militar operante, en la pobreza de sus medios y en la falta de interés hacia la guerra demostrado por los hombres de Estado y los círculos oficiales del país. Con mucha frecuencia los fracasos de nuestros aliados impidieron llevar a efecto mis planes.

En general, los defectos principales derivaban de las siguientes causas. El mando italiano no se hallaba, en su mayor parte, a la altura de las cualidades exigidas por la guerra en el desierto, donde lo esencial era la rapidez de las decisiones, seguida de acción inmediata. El adiestramiento del soldado resultaba a todas luces insuficiente. El equipo era tan malo, que ninguna unidad podía sostenerse sin ayuda alemana. Quizás el mejor ejemplo de dicha inferioridad –aparte de los graves defectos técnicos de los tanques, con sus piezas de corto alcance y sus débiles motores- lo aportase su artillería, de escasa movilidad y débil potencia. Los antitanques no estaban a la altura de las circunstancias. El alimento era tan insuficiente, que en muchas ocasiones el soldado italiano tuvo que pedir comida al alemán. Otro aspecto sumamente perjudicial de la cuestión residía en la gran diferencia de trato entre soldados y oficiales. Mientras los primeros se preparaban sus víveres de cualquier manera, sin cocinas de campaña, los segundos no renunciaban jamás a sus menús de varios platos. Muchos oficiales no consideraban necesario hacer acto de presencia durante las batallas, rebajando hasta el máximo la moral de sus subordinados. Teniendo en cuenta lo antedicho, no resultaba extraño el que el soldado italiano –que, por otra parte, era muy modesto en sus necesidades- desarrollara un fuerte sentimiento de inferioridad, que en muchas ocasiones fue la causa del fracaso. No existía la menor esperanza de que ello cambiara, aunque algunos jefes se esforzasen para conseguirlo.”

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(Fuente: Carlos Romero Valiente - http://cromerova.wordpress.com/)
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